IRONMAN CANADA
Haciendo recuento de cómo fue que me embarqué en participar en esto, me viene a la mente que fue hace más de quince años en que me pasó por la cabeza la idea de hacer un Ironman. Sin embargo lo veía muy distante, inclusive cuando a fines del año pasado me invitaron a participar Gaby y Uzziel a instancia de Miguelito Cossio en el Ironman de Canadá. La verdad es que cuando me lo propusieron pensé que era una locura y que no lo iba a poder lograr. Después de haberles comentado que sí tenía muchas ganas de hacerlo pero que no me sentía bien preparado, ellos me convencieron y me dijeron que no me preocupara, que había suficiente tiempo y que como no estaba tan dado al catre como para no lograrlo, por lo que había esperanzas. Así que me animaron y decidí inscribirme para participar en Canadá. La realidad era que no me encontraba en tan mala condición, por lo que en diciembre aproveché las vacaciones para nadar un poco más y correr con mas constancia.
Apenas comencé a subir la carga de entrenamiento y los dolores de una espalda algo afectada por accidentes de coche y moto, salieron a la luz con fuerza, y para mediados de enero ya me dolía el cuello, la espalda media, los brazos y aunque suene feo, la parte baja de lo de debajo de la espalda (las nailons). Eso me hizo pensar en abandonar el sueño. Después de haber pasado por las manos de acupunturistas, masajistas, brujos, chamanes y quiroprácticos, sin resultados positivos y con una merma monetaria importante, acudí con un neurólogo especialista en espalda y fui sometido a cirugía el 25 de febrero de este año. En ella, me implantaron una placa de titanio y tres nuevos discos en las cervicales 4, 5 y 6. Con eso, los dolores de brazos, hombros y cuello desaparecieron por completo, y los demás menguaron también con el tiempo. Así las cosas, el doctor me dio de alta el 11 de marzo, tres semanas después, y al día siguiente de que eso ocurriera, es decir el 12 de marzo siguiente, tuve un accidente en motocicleta en el km 344 de la carretera México-Acapulco, en el que de milagro no perdí la vida, ya que me impacté a más de 50 kms por hora contra un vehículo que se había estrellado con otro coche y había bloqueado el carril de alta, en el que yo circulaba. Volé como 15 metros y caí con el brazo y no pasó de moretones y chipotes por todo el cuerpo. Así que otra vez vi muy lejos la posibilidad de lograr cumplir la meta, pues tenía mucho miedo de que se hubiera arruinado la reciente operación, ya que el médico que me operó me advirtió que si me caía de la moto podía tener consecuencias muy graves y me explicó técnicamente lo que podría pasar. He de confesar que hasta el día de hoy no lo he ido a ver, desde que me dio de alta, pero sé que él se enteró del accidente, y la verdad es que no he ido con él, porque en principio me hubiera prohibido tajantemente continuar con mi propósito y en segundo lugar porque no quería escuchar malas noticias.
Con el ánimo arriba y a manera de prueba y aún bastante adolorido, el 25 de abril hice el medio iron de León, que con todos sus contratiempos y bemoles, fue para mi como la catapulta que me dio ánimo para continuar.
Así siguieron los entrenamientos y cada vez veía mas cerca el día de la competencia, y aunque había días que me sentía como trapo y pensaba en tirar la toalla, algo dentro de mí decía que debía seguir. Quiero confesar que el apoyo de todo el equipo fue la medicina más fuerte para esos momentos de flaqueza. El compartir esos momentos con mis compañeros fue crucial, ya que en ellos veía la fuerza y el ánimo de continuar, pues yo vi como algunos de ellos se lesionaron y tampoco flaquearon en su ímpetu por lograr su cometido y superaron el dolor que los quería someter.
No podría hablar del evento sin recordar que fueron los entrenamientos fuertes los que realmente me hicieron sentir que todo esto tenía sentido. Y lo digo así porque fueron los entrenamientos y la metodología aplicada por nuestros entrenadores, lo que logró, en mi caso, y creo que en el de muchos de nosotros, que estuviera en la mejor condición posible para ese día 29 de agosto en Penticton, British Columbia, Canadá, realizar un sueño que se había postergado por tantos años.
En los días que precedieron al evento no hubo angustia, ni fui invadido por el pánico. Claro que si pasaba por mi mente la recurrente idea del dolor, pero sabía que era algo que tenía que venir y no había manera de postergarlo ni de huir de él, pues era algo inminente.
El día del evento me levanté a las 5 de la mañana y después de un baño calientito y un rico sándwich de jamón, me llevó me querida esposa (Erika) a la zona de transición, donde dejé mis bolsas de comida (special needs) y alguna que otra cosilla para las otras bolsas de las transiciones. Unos minutos antes de que diera inicio el evento y tuviéramos que salir a nadar, se me presentó la urgencia de visitar las bellas letrinas del lugar, por lo que me perdí del grupo y al no encontrar a nadie salí a nadar por mi cuenta. Creo que nadé como 4.5 km, pues andaba como náufrago de aquí para allá y de allá para acá. Acabé siendo el último del equipo en salir, pero la verdad es que salí del agua feliz, pensando en que la primera de las tres pruebas ya estaba concluida.
La bicicleta me gustó mucho hasta que llegué a Richter Pass, que fue donde se me quitó la risa, además, en la mera subida me dieron un gatorade medio destapado y cuando le quise tomar se me derramó encima, por más agua que me eché, sentía todos los brazos, piernas y cuello pegostiosos, y cada vez que pedaleaba sentía que se me iban a pegar las pantorrillas con los muslos. Eso fue pan dulce comparado con la ruta, pues esa llegada a Yellow Lakes fue mas dura de lo que me habían contado, y eso de que los últimos 30 kms eran pura baja, me los trago. Cual bajada ni que 8 cuartos, con lluvia, viento en contra y dulce en todo mi cuerpo, no fue nada divertido, pero eso sí, tenía la certeza de que ya faltaba cada vez más poco, y eso era la gasolina que necesitaba mi corazón.
Minutos después ya estaba yo con mis tenis puestos y limpio, ya sin restos de dulce en mis brazos y piernas, listo para salir a correr, eso sí, con la cadera adolorida después de tanto tiempo de andar en bicicleta, y así salí a la conquista de los 42.2 kms del maratón, a sabiendas de que no sería una galletita, sino la prueba en donde se separan los hombres de los niños. Con el ánimo al 100 por ciento, y disfrutando al máximo todo lo que acontecía, llegué a los 21 kms y me encontré con la grata sorpresa de la entrega de la bolsa de special needs, que por supuesto que ya se me había olvidado, pero me vino como un juguete a un niño, me comí mis ricas golosinas y continúe corriendo. Era divertido darme cuenta de los pensamientos que pasaban por mi mente, desde recuerdos de la infancia, hasta el planteamiento y resolución de problemas actuales, azotes de competencia y por momentos deseos de parar, entre miles de tonterías inimaginables. No fueron nada gratas las subidas y bajadas en el regreso, cada una la sentí más empinada que la anterior.
Cuando me fui acercando a la meta, me dieron ganas de llorar, más aún cuando vi a mi mujer, quería respirar y se me iba el aire, pero afortunadamente fueron solo unos segundos, porque si no, no sé como le hubiera hecho, pues sientes que te ahogas. Al final estaba la meta y ya sólo faltaban unos cuantos metros para cruzarla y con ello consolidar el logro de lo que algún día fuera solo un sueño que se gestara hace más de quince años, y por fin lo logré. Crucé la meta y me sentí que había regresado como el hijo pródigo de vuelta al hogar. Quiero dar las gracias a todos mis amigos y compañeros, en especial a Gaby y Uzziel, nuestros amigos, entrenadores y guías, que sin su confianza y apoyo no me hubiera atrevido a aventurarme en este reto. Por último agradezco a mi querida Erika, que me apoyó todo el tiempo, mucho antes, antes y después del evento y se discutió con esas fotografías tan buenas que tomó durante el mismo, porque sé que para ella también fue un verdadero iron el cargar esa camarota durante las mas de 12 horas que me esperó.
Arturo Talavera
